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| Imagen sintética |
La causa de
esta confusión resulta fácil de entender. El precio es visible, aparece en una
etiqueta, en un escaparate o en una pantalla y puede compararse en cuestión de
segundos. El valor, por el contrario, no figura en ninguna parte. Depende de
factores mucho menos evidentes, como la utilidad del bien, su calidad, el
tiempo durante el que seguirá prestando servicio, la necesidad que satisface o
los beneficios que sea capaz de generar en el futuro. Por eso, limitar el
análisis a la cifra que acompaña al producto suele conducir a conclusiones
precipitadas. Lo verdaderamente relevante es determinar si el valor obtenido
compensa el desembolso realizado.
