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Hoy, hablar
de ETF es hablar de inversión indexada, bajos costes, diversificación
global y acceso democratizado a los mercados. Pero para entender su
verdadero papel conviene mirar atrás.
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Hoy, hablar
de ETF es hablar de inversión indexada, bajos costes, diversificación
global y acceso democratizado a los mercados. Pero para entender su
verdadero papel conviene mirar atrás.
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| Foto by pixabay.com |
La
disponibilidad del capital no depende únicamente de la voluntad del titular,
sino de la naturaleza del activo, de las condiciones establecidas al
contratarlo y del marco legal aplicable. Cada instrumento financiero cuenta con
su propio esquema de liquidez y exige un conocimiento previo que permita
anticipar tiempos y procedimientos.
Perfil
inversor y prioridades patrimoniales
La
configuración de una cartera de inversión responde, ante todo, a los objetivos
personales de quien la construye. En algunos casos, la rentabilidad máxima se
impone como prioridad, aun a costa de asumir riesgos significativos. En otros,
el criterio dominante es la preservación del capital, especialmente cuando este
procede de una trayectoria de ahorro prolongada. Y existe también un tercer
enfoque centrado en la liquidez, es decir, en la posibilidad de disponer del
dinero con inmediatez ante una eventualidad.
Este último
criterio cobra especial relevancia en contextos de urgencia, donde la capacidad
de convertir activos en efectivo sin dilación puede marcar la diferencia entre
una buena y una mala decisión. Sin embargo, la realidad es que no todos los
instrumentos financieros permiten una disponibilidad inmediata. Existen
diferencias notables entre una cuenta corriente, un fondo de inversión, un
depósito a plazo o una emisión de deuda pública. Comprender estas diferencias
es esencial para evitar sorpresas en momentos críticos.
La decisión de invertir en Bolsa requiere, además de tener clara la idea de en qué valor se desea invertir, conocer los sistemas que serán los encargados de transformar esa idea de inversión en una orden de compraventa.
Conocer el
funcionamiento del SIBE resulta fundamental a la hora de invertir en activos
bursátiles por ser la base de funcionamiento de la Bolsa española.
El Sistema de
Interconexión Bursátil Español (SIBE), siendo un software gestionado por
Sociedad de Bolsas (filial de Bolsas y Mercados Españoles), es una plataforma
electrónica multilateral y automática que sirve para la negociación de valores
de Renta Variable en las cuatro plazas españolas de Bolsa (Madrid, Barcelona,
Valencia y Bilbao) asegurando un único punto de liquidez por valor y en tiempo
real. Este sistema también es empleado en otros mercados como Latibex, AIAF y
MAB, todos ellos integrados en BME, encargándose de canalizar todas las órdenes
hacia un único servidor.
El SIBE,
siendo un mercado dirigido por órdenes y estando diseñado para ofrecer
transparencia, es uno de los sistemas de negociación bursátil más importante de
Europa, permitiendo a cualquier inversor la compraventa de valores bursátiles.
Asimismo, proporciona información en tiempo real sobre el volumen y la
cotización de cualquier valor negociado en cualquiera de las Bolsas españolas.
Las órdenes se ordenan según criterio de precios y el momento de su
introducción. Si durante el periodo que está el mercado abierto existe
contrapartida en el otro sentido, la orden se ejecutará según los parámetros
introducidos; en caso contrario, permanecerá en el Libro de Órdenes en espera
de que exista contrapartida.
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Aunque cualquiera
de ellas aspira a conseguir rentabilidades recurrentes positivas, las
estrategias para conseguirlo difieren entre sí. Y así surge uno de los debates
más controvertidos que existen en el mundo de las inversiones en renta variable,
que no es otro que clasificar a las compañías en el grupo de acciones Value o acciones Growth. Se da el caso, debido a la difusa línea que separa ambas
gestiones, que una misma empresa puede aparecer a la vez en índices de marcado
sesgo Value y Growth. De igual modo, un mismo sector económico puede estar
formado por empresas de “valor” o “crecimiento”.
Ambas
estrategias tratan de conseguir, como es lógico, la mayor rentabilidad posible,
pero las estrategias para conseguirlo son diferentes.
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Es totalmente
lícito que una empresa destine parte del dinero que tiene en caja para comprar
acciones propias, lo que supondría que esas acciones pasen a ser propiedad de
la propia compañía. En el argot financiero se denomina autocartera a la
cantidad de acciones que una empresa posee de su propio capital social. También
se puede hablar de autocartera cuando una sociedad perteneciente a un grupo de
empresas adquiere títulos de la sociedad matriz. La autocartera está regulada
por la Ley de Sociedades de Capital y deberá de contar con la aprobación previa
de la Junta de Accionistas. Cuando una sociedad se ve inmersa en una operación
de autocartera puede ser por varios motivos:
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La Bolsa está
considerada como el mejor vehículo de inversión para rentabilizar los ahorros y
eso requiere de un aprendizaje. Tampoco son necesarios estudios de posgrado,
pero sí unos conocimientos básicos, aunque solo sea conocer el reglamento. A
partir de ahí, sin dejar de lado la formación, la experiencia se pondrá del
lado del ahorrador que ha pasado, sin saberlo, a inversor. Ser inversor es una
tarea muy difícil donde para ganar dinero hay que trabajar muy duro. Comprar
acciones en la Bolsa es ser propietario de la parte alícuota de la compañía en
la que se ha invertido el dinero. Teniendo claro eso, si lo que se quiere es
perder dinero, solo es necesario cortar las ganancias y dejar correr las
pérdidas.
Los beneficios que obtienen las empresas los destinan, entre otros, al pago de dividendos. Al porcentaje que se destina a este pago se le denomina Pay-Out. El importe de este dividendo cuando la cotizada lo paga se descuenta, de forma automática, del valor de su cotización ya que ese valor sale directamente de las cuentas de la sociedad. Atendiendo a esto, la sociedad y sus acciones valen menos que el día anterior al pago de dividendos. Todo bien, hasta aquí, y todos contentos. Pero el inversor institucional quiere más, no le vale con eso, y recurre a la ingeniería financiera para inventarse una triquiñuela para sacarle más jugo al valor que el resto de los inversores. ¿Cómo lo consigue? Haciendo lo que se llama un Lavado de Dividendo que comenzó a generalizarse en la década de los noventa al desarrollarse nuestro Mercado de Deuda Pública y, acto seguido, incrementarse los inversores privados e institucionales.
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La Bolsa, definida en el artículo 64 del Código de Comercio
de 1829 como un “lugar de reunión de comerciantes y agentes mediadores en
donde se conciertan o cumplen las operaciones de contratación de activos
mobiliarios”, es un mercado donde se negocian activos financieros poniendo
en contacto a empresas y ahorradores con el fin de canalizar el ahorro y la
financiación de la inversión a través de una organización regulada, ofreciendo
seguridad jurídica y facilitando la accesibilidad a los participantes. A la
Bolsa acuden, por tanto, las empresas (haciendo pública su situación
financiera) que necesitan recursos monetarios para alcanzar sus objetivos
(mercado primario) y los ahorradores que desean obtener una rentabilidad
invirtiendo su dinero (mercado secundario). Al imperar la Ley de la Oferta y la
Demanda, el precio de los productos financieros que en la Bolsa se negocian son
precios objetivos al tener correspondencia directa con el valor que el propio
mercado ofrece por ellos. También, las fluctuaciones bursátiles están
influenciadas por los ciclos económicos y por las expectativas de futuro.
La seguridad forma parte de la supervivencia del individuo. Tanto es así, que, en la propia educación, desde la infancia, se nos recuerda constantemente con frases como “no toques ahí” o “no hagas eso que te vas a hacer daño”. Posteriormente, la vida nos pone a prueba constantemente y nos hace poner en práctica todo aquello que nos enseñaron y nos contaron en su día nuestros progenitores. Sin embargo, por mucho que se nos insista, sabemos que Santa Bárbara está ahí, pero no nos acordamos de ella hasta que no está la tormenta encima. Sabemos, por el contrario, y no lo ponemos en práctica todo lo que deberíamos, que si hay tormenta no es conveniente tender la colada. Por desgracia, tienen que ocurrir los sucesos para que se pongan en marcha ciertos protocolos de seguridad.
El inversor doméstico se encuentra con la tesitura de no saber qué hacer debido al desconocimiento, provocado por el escaso interés y compromiso con la gestión de sus ahorros. Veamos, entonces, las garantías y riesgos de cada uno de los productos de inversión.
Un Sistema Automático de Trading es un programa informático
que incorpora un conjunto de reglas matemáticas objetivas, permitiendo olvidarse
del seguimiento operativo del sistema con el fin de ejecutar las órdenes
operativas en Bolsa de cualquier valor negociado en un Mercado Financiero. Para
ello se programa el sistema con una serie de condiciones específicas para que,
cuando se den en el Mercado, el propio sistema ejecute la orden de compraventa
o simplemente avise al usuario de su cumplimiento. La idea de que una máquina
sustituya en la operativa bursátil a una persona puede parecer muy atractiva y
eficiente, pero no es así al no estar exenta de riesgos.
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El inversor doméstico español es conservador. Y es
conservador porque viene de un pasado donde disfrutó de rentabilidades más que
aceptables únicamente depositando su dinero en activos sin riesgo. Sin embargo,
es consciente de que hay que asumir algo de riesgo, siendo inevitable pensar en
la rentabilidad vía dividendos, pero los dividendos no siempre son seguros ni
no siempre son recurrentes en el tiempo, poniendo como muestra la crisis
económica que se está viviendo y que ha hecho que algunas empresas reduzcan su
pay-out (porcentaje de los beneficios que una empresa dedica al pago de los
dividendos) o directamente lo eliminen.
Siempre es mejor invertir en empresas cotizadas que hacen dinero con su negocio que en aquellas que atraen a los inversores por sus buenos dividendos
Una de las estrategias más clásicas a la hora de invertir en
Bolsa es hacerlo en aquellas empresas que reparten dividendos, más aún si las
empresas de intermediación financiera lo fomentan como una de sus grandes
estrategias de cara a conseguir la tan ansiada independencia financiera,
llegando, incluso, a hablarse ya de una burbuja desde el punto de vista del
marketing coincidiendo con escenarios bursátiles bajistas. En esta bitácora ya
he hablado de los Dividendos como una de las fórmulas más habituales de retribución al accionista, definiendo al Dividendo como la parte de los
beneficios o reservas de una sociedad que se reparte entre sus accionistas y
hacía mención a los diferentes tipos que existen.
Una de las estrategias más simples y sencillas, en lo que a inversión en los Mercados Financieros se refiere, es la que se conoce con el nombre de “Los Perros del Dow” (Dogs of the Dow).
En 1991, Michael O’Higgins fue el creador de esta simple estrategia que publicó en su libro “Beating the Dow” (Batiendo al Dow). Posteriormente fue difundida y popularizada por la revista estadounidense “Barron’s”. Tan popular se hizo que se creó una gran industria a su alrededor y se crearon varios fondos de inversión basados en esta sencilla estrategia. Tan buena fue en su momento que durante varios años batió en rentabilidad al Dow Jones, pero tanto se popularizó que dejó de funcionar debido a que sufrió tales transformaciones que perdió su eficacia.
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| El alquimista. Pietro Longhi |
No es nuevo, haciéndose eco esta bitácora de ello, que la inmensa mayoría de los ahorradores que depositan sus ahorros en la Bolsa pierden dinero: lo pierden, debido a que su búsqueda se limita a obtener dinero fácil. Han observado a inversores de Bolsa que han tenido un gran éxito y piensan que lo han tenido gracias a que han encontrado el método secreto. Claro, como es secreto, no lo van a difundir a cualquier precio. Pues nada más lejos de la realidad: el que ha obtenido éxito en Bolsa, que los hay, lo ha conseguido gracias al duro trabajo y no a “pelotazos” como alguna mayoría cree. También, y es verdad, existe la suerte, pues la Bolsa tiene una parte que es azar y esa es la peor, es la que ciega y hace volver a probar y probar, pero muchas veces es implacable y la suerte nos abandona dando como resultado una pérdida mayor que la ganancia que nos prestó la Bolsa cuando la suerte estaba de nuestro lado.
Cuando el precio de una acción oscila de forma anómala, el SIBE (Sistema de Interconexión Bursátil Español) dispone de una serie de mecanismos diseñados para la protección de los precios para los casos en que la volatilidad se sale de su cauce. Estos mecanismos de protección, frente a situaciones de volatilidad extrema, fueron implantados en la Bolsa española el 14 de mayo de 2001 en sustitución de los límites de negociación que existían del orden del 15 al 25%. Es lo que se conoce con el nombre de Subastas de Volatilidad.
Por lo tanto, las Subastas de Volatilidad son un mecanismo que permiten suspender temporalmente la cotización de un valor que presenta una excesiva oscilación en los precios, pretendiendo así controlar la alta volatilidad frenando al Mercado para que haya una ordenación adecuada en los precios de oferta y demanda.
Estas Subastas se producen cuando un valor intenta negociarse por encima o por debajo de su Rango Estático o Dinámico. La Subasta dura cinco minutos, a lo que se le añade un cierre de treinta segundos durante los cuales, en cualquier momento, sin previo aviso y sin posibilidad de tener extensiones, se acaba la subasta y se asignan los títulos. Del precio resultante surgirán los nuevos precios estático y dinámico siguiendo el valor su negociación con normalidad. Durante el periodo que dura la Subasta se pueden introducir, modificar y cancelar órdenes, pero en ningún caso existirán cruces de operaciones.
La ruptura de cualquiera de los rangos provoca las Subastas de Volatilidad por ruptura del rango estático, Subastas de Volatilidad por ruptura del rango dinámico y las posibles extensiones en las subastas de apertura y cierre.
La globalización también afectó a la Bolsa ¡y de qué manera! Se trató y se consiguió que la negociación del conjunto de las mayores Bolsas europeas use parámetros parecidos. La Bolsa española se vio implicada de lleno y tuvo, por necesidad, que llevar a cabo una serie de modificaciones nunca vistas en nuestro sistema de negociación. En nuestros días todo parece ya cotidiano, pero en su momento, año 2000 y 2001, fue toda una innovación y un gran avance. Estoy hablando de la inclusión de órdenes automáticas, plazos nuevos de validez de órdenes y, la inclusión de los Rangos Estáticos y Dinámicos, así como las Subasta de Volatilidad.
Y, de esta forma, aparentemente sencilla, el SIBE incluye mecanismos de control de precios para casos extremos de volatilidad. La Bolsa americana está llena de ejemplos y cada poco se produce alguno.
Para comenzar, se implantaron las subastas de cierre, que junto con las de apertura, aseguran una adecuada formación de los precios en esos dos momentos tan importantes de la sesión: el comienzo y el final donde es relativamente sencillo manipular el precio de los valores.
Inicialmente, el límite de fluctuación era del 15%, al alza o a la baja. A partir del año 2000, y metidos ya de lleno en el nuevo entorno bursátil, se puso de manifiesto la dificultad de mantener estos límites. Ante esa situación, se procedió a su eliminación creándose unos rangos de fluctuación en función de la volatilidad histórica de cada valor. De esta forma, surgen los Rangos Estáticos y Dinámicos que veremos detalladamente a continuación, no sin antes decir que se calculan para cada valor del Mercado con los datos históricos de cotización. Estos Rangos son publicados mensualmente por la Sociedad de Bolsas pudiendo especificar otro rango diferente para los valores que, a su criterio, lo requieran. Lo puede modificar cuando lo considere oportuno. Cuando un valor intenta negociarse por encima del Rango Estático o Dinámico se produce una Subasta de Volatilidad.
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Los
inversores ya saben que cuando compran una acción en Bolsa son los dueños, pero
en realidad, esa acción que han comprado está representada mediante una
anotación en cuanta, suponiendo algún que otro quebradero de cabeza cuando el
organismo supervisor, llámese Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV),
decide, por algún motivo, suspender o
excluir esa acción de cotización en el Mercado de Valores.
Surge, entre
otros, el problema que se tienen unas acciones que han perdido prácticamente
todo su valor porque no se pueden negociar y, encima, el intermediario sigue
cobrando una comisión por su custodia y mantenimiento. Es cierto que no todos
los brókeres cobran cuando un valor pasa por ese trance, pero si es así no
estaría de más solicitar la eliminación del registro de anotaciones en el que
estén inscritas. Otra solución pasaría por cambiar las acciones a otro bróker
que no cobre comisiones o que acceda, sin condiciones, a la eliminación del
registro, aunque no siempre se permite.
Veamos,
entonces, qué es la suspensión y la exclusión de cotización de una acción.
Las sesiones de Bolsa tienen lugar todos los días hábiles que marque el calendario bursátil. En la española, compuesta por cuatro bolsas de valores (Madrid, Barcelona, Bilbao y Valencia), como en el resto de las bolsas europeas, el horario de contratación comprende desde las 9:00 hasta las 17:30 horas. Todas abren y cierran a la vez con la particularidad de las subastas de apertura y cierre. Éstas consiguen, y esa es su función, una adecuada formación de los precios en los momentos de la apertura y el cierre de cada sesión.
Estas subastas son periodos de negociación del Mercado en los que se pueden introducir, modificar y cancelar órdenes de compraventa, pero que no se ejecutarán para que el sistema calcule un precio de equilibrio entre la oferta y la demanda. De esta forma, la subasta de apertura nos asegura, al comienzo de la sesión, el precio de los diferentes activos y, la subasta de cierre nos asegura que ningún inversor pueda influir en el precio de cierre para que éste sea representativo de la sesión. Al final de cada subasta se le añaden 30 segundos de cierre aleatorio. En estos 30 segundos implican que el horario de apertura y cierre se encuentre en ese periodo aleatorio.
Dentro de los seis primeros meses siguientes al cierre del ejercicio anterior es habitual encontrarse con la típica Junta General de Accionistas que celebran las empresas cotizadas y no cotizadas. Por este motivo, es normal encontrarse en el buzón la convocatoria que habrá enviado la compañía de la que se es accionista o la entidad financiera que custodia e intermedia las acciones, anunciando la convocatoria de la Junta y su contenido. En el caso de no recibir este documento, se deberá solicitar, cuanto antes, a la propia sociedad o al intermediario financiero. Y así debe de ser pues el ser accionista, entre otras cosas, implica ser dueño de la parte alícuota que corresponda según las acciones que se tengan en propiedad de la empresa y, como dueño, participar en las principales decisiones societarias de la empresa por disponer del derecho de asistencia y voto, delegación e información.
Habitual también es que se incentive la asistencia a la Junta con un pequeño obsequio simbólico. Algunas cotizadas, por ejemplo, obsequian en la misma oficina por el simple hecho de presentar la convocatoria y delegar el voto a quien el accionista decida. Otras, por el contrario, optan por pagar una prima de asistencia a quien acuda o simplemente delegue su voto como en el caso anterior. Y, la mayoría, sólo obsequiarán al que asista. En fin, esto no es más que una pequeña anécdota dentro del mundo de las Juntas de Accionistas pero que algunas veces se obvia y se pasa por alto.
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| Foto: pixabay.com |
Cuando se
emiten nuevas acciones para incrementar el número existente los antiguos
accionistas y los que no lo son pueden acudir a la ampliación. Los antiguos
tienen un derecho preferente de suscripción para la adquisición de
nuevas acciones, así mantienen su porcentaje en el capital social (número
de títulos x valor nominal). El resto deberá, previamente, adquirir los
derechos de suscripción necesarios para suscribir nuevas acciones.
Los
accionistas de una empresa en proceso de ampliación de capital mediante la
emisión de nuevas acciones tienen, como decía, un derecho de suscripción preferente
de suscripción con respecto a los no accionistas. Este derecho les supone poder
adquirir nuevas acciones con el fin de mantener el porcentaje de participación
en la empresa, evitando así lo que se conoce en la jerga como “dilución del capital”
(bajada del precio que sufre la acción de una empresa con motivo de la
Ampliación de Capital).