Hay estrategias que resultan atractivas precisamente porque parecen demasiado fáciles y la martingala es una de ellas. Su planteamiento parte de una idea aparentemente lógica: después de una pérdida, basta con aumentar la siguiente apuesta para recuperar lo perdido en cuanto llegue una operación ganadora. En una apuesta sencilla, como rojo o negro en la ruleta, si se pierde una cantidad se duplica la siguiente apuesta. Cuando finalmente aparece una victoria, el beneficio de esa jugada permite recuperar las pérdidas acumuladas y obtener, además, una pequeña ganancia.
Sobre el
papel parece una estrategia casi infalible, pero el problema aparece cuando se
abandona el papel y entra en juego la realidad. Las pérdidas consecutivas
existen, las apuestas tienen límites y el capital disponible no es infinito.
Cuando las
pérdidas se multiplican
La principal
debilidad de la martingala está precisamente en la progresión de las
cantidades. Una primera pérdida de 10 euros obliga a apostar 20 para
intentar recuperarla. Si también se pierde, serán necesarios 40; después 80,
160, 320 y así sucesivamente. El crecimiento es exponencial. Después de
seis pérdidas consecutivas, una apuesta inicial de 10 euros habría generado 630
euros de pérdidas acumuladas y exigiría una siguiente apuesta de 640 euros. Una
racha que estadísticamente puede parecer improbable termina convirtiéndose en
un problema patrimonial cuando se dispone de un capital limitado.
Y ahí aparece
la verdadera naturaleza de la martingala. No elimina el riesgo de perder, simplemente
desplaza el riesgo hacia el momento en el que una racha adversa puede consumir
todo el capital disponible.
