En las
finanzas personales se da una paradoja bastante habitual: alguien empieza a
ganar más dinero y, pese a ello, años después su patrimonio apenas ha variado.
Su salario y su nivel de vida han aumentado, pero su situación financiera sigue
prácticamente igual. Aunque pueda parecer contradictorio, la economía lleva
décadas tratando de explicar las razones de este fenómeno.
En 1949, el
economista estadounidense James Duesenberry publicó Income, Saving and the
Theory of Consumer Behavior, una obra en la que cuestionaba la idea de que
el consumo dependiera exclusivamente de la renta disponible en cada momento.
Para Duesenberry, las decisiones de consumo estaban condicionadas también por
el nivel de vida alcanzado anteriormente y por la comparación con el entorno.
La teoría
tiene una traducción muy sencilla para las finanzas personales: cuando aumenta
la renta suele aumentar también el consumo; y una vez alcanzado un determinado
nivel de vida, reducirlo puede resultar bastante más difícil que haberlo
incrementado. Ahí empieza una de las grandes trampas de la construcción de
patrimonio.
La rueda
del nivel de vida
Una subida
salarial puede aumentar la capacidad de ahorro o puede aumentar el nivel de
gasto. En la práctica, suele ocurrir una combinación de ambos, aunque la
proporción entre uno y otro determina buena parte del futuro financiero de una
persona.
El problema
aparece cuando cada incremento de ingresos encuentra inmediatamente un nuevo
destino. Una vivienda algo mejor, un coche de mayor precio, más viajes,
restaurantes con mayor frecuencia, servicios que antes no eran necesarios o
simplemente una mayor facilidad para comprar sin pensarlo demasiado. Nada de
esto tiene por qué ser irresponsable. El problema financiero aparece cuando el
gasto se convierte en permanente y, con él, también la necesidad de mantener
una determinada renta para sostenerlo.
Duesenberry
llamó la atención precisamente sobre esa dificultad para retroceder. El consumo
puede subir con facilidad, pero una vez instalado resulta más difícil bajarlo. Por
eso ganar más no equivale necesariamente a hacerse más rico.
El
patrimonio empieza donde termina el consumo
La riqueza
financiera tiene una característica que a menudo queda escondida detrás de los
ingresos. No depende únicamente de cuánto dinero entra, sino de cuánto consigue
permanecer después de pagar el coste de la vida. Una persona puede tener una
renta elevada y acumular poco patrimonio. Otra puede ingresar bastante menos y
terminar construyendo una posición financiera mucho más sólida. La diferencia
está en la capacidad de generar excedente y convertirlo en activos.
Aquí aparece la
distinción, que conviene mantener siempre presente, de que la renta es un flujo
y el patrimonio es un stock. La nómina llega cada mes y se consume
parcialmente. El patrimonio permanece y, si está correctamente invertido, puede
producir nuevos flujos de renta.
Adoptar esta perspectiva
cambia por completo la forma de relacionarse con el dinero. Ya no se trata solo
de aumentar los ingresos para elevar el gasto, sino de ganar, destinar una
parte al consumo y transformar el excedente en capital.
El ahorro
es el puente
El ahorro
ocupa una posición incómoda entre el presente y el futuro. No proporciona la
satisfacción inmediata del consumo, pero tampoco ofrece todavía los frutos de
la inversión. Sin embargo, es el puente imprescindible entre ambos mundos. Sin
ahorro no existe capital que invertir. Y sin capital invertido resulta mucho
más difícil que el dinero termine trabajando de manera independiente de la
actividad laboral. Por eso el ahorro no debería contemplarse únicamente como
dinero apartado para afrontar una emergencia, también puede ser la materia
prima con la que se construye patrimonio.
La cuestión
verdaderamente relevante no es ahorrar durante un mes, sino establecer una
diferencia estructural entre los ingresos y los gastos y mantenerla durante
muchos años.
Cuando el
dinero empieza a trabajar
La diferencia
entre guardar dinero e invertirlo es que el capital invertido tiene la
posibilidad de generar nuevos rendimientos. Y esos rendimientos pueden volver a
invertirse para producir, a su vez, nuevos rendimientos. Es el conocido interés compuesto.
Por eso, en
la construcción de riqueza, empezar pronto puede tener tanta importancia como
conseguir una rentabilidad razonable. El tiempo permite que los rendimientos
acumulados vayan adquiriendo cada vez mayor peso. No existe ninguna magia
detrás. Existe una combinación de capital, tiempo, rentabilidad y reinversión.
Y también
existe riesgo, claro. Invertir no garantiza ganar dinero, ni todas las
inversiones son adecuadas para todos los perfiles, horizontes temporales o
necesidades de liquidez. Pero tampoco parece razonable confundir la ausencia de
volatilidad con la ausencia de riesgo.
La
inflación también juega
El dinero
tiene una capacidad de compra que puede disminuir con el tiempo. Una cantidad
que permanece inmóvil durante muchos años puede conservar su valor nominal y
perder parte de su valor real. Por eso la inversión cumple una función que va
más allá de buscar rentabilidad. Para un ahorrador de largo plazo también puede
ser una herramienta para intentar preservar y aumentar el poder adquisitivo de
su patrimonio.
La cuestión
adquiere especial relevancia cuando se piensa en horizontes de veinte o treinta
años. Una pequeña pérdida anual de poder adquisitivo puede parecer irrelevante
en un ejercicio concreto y convertirse en una diferencia considerable cuando se
acumula durante décadas. El enemigo del ahorro no siempre se presenta en forma
de una gran caída, a veces trabaja de manera mucho más silenciosa.
La
independencia financiera empieza mucho antes
La
independencia financiera suele asociarse con una cifra concreta, con una
cantidad de dinero suficientemente elevada como para poder vivir sin depender
exclusivamente de los ingresos procedentes del trabajo. Pero la independencia
financiera no aparece de repente cuando se alcanza una determinada cifra, es el
resultado final de un proceso mucho más largo: primero existe una renta, después
aparece el ahorro, el ahorro se transforma en capital, el capital se invierte,
la inversión genera rendimientos, los rendimientos se reinvierten y, con el
tiempo, el patrimonio puede alcanzar una dimensión en la que empieza a
proporcionar una parte significativa de los recursos necesarios para mantener
el nivel de vida.
La dirección
del movimiento cambia. Al principio, el trabajo genera dinero y ese dinero
permite vivir. Más adelante, una parte del dinero acumulado empieza a generar
nuevos ingresos. Finalmente, el patrimonio puede llegar a generar una cantidad
suficiente como para reducir de manera significativa la dependencia del
trabajo.
La
independencia financiera es, en realidad, el resultado acumulado de muchas
decisiones pequeñas tomadas durante mucho tiempo.
El
verdadero lujo es necesitar menos
Aquí es donde
la teoría de Duesenberry vuelve a encontrarse con las finanzas personales. Si
el nivel de vida aumenta continuamente, también aumenta la cantidad de
patrimonio necesaria para financiarlo. No es lo mismo intentar cubrir unos
gastos anuales de 20.000 euros que mantener permanentemente un estilo de vida
de 60.000. La independencia financiera no depende solamente de acumular más, también
depende del nivel de gasto que se pretende sostener. Por eso existe una
relación directa entre consumo, ahorro, inversión y libertad financiera.
Reducir
determinados gastos no significa necesariamente vivir peor. En determinadas
circunstancias significa necesitar menos patrimonio para alcanzar un
determinado grado de independencia. Quizá por eso uno de los grandes lujos
financieros no sea poder comprar cualquier cosa, sino no necesitar comprarla.
Duesenberry
y la carrera que nunca termina
La teoría
formulada en el siglo pasado permite entender una carrera que continúa
perfectamente vigente: aumentan los ingresos, aumenta el consumo, aumenta el
nivel de vida y, con él, aumenta también la renta necesaria para mantenerlo. La
rueda puede seguir girando indefinidamente.
La
alternativa consiste en introducir una pequeña resistencia en esa rueda. Cada
vez que aumentan los ingresos, no permitir que todo el incremento termine
convertido en gasto permanente. Una parte puede mejorar el presente y otra
puede financiar el futuro.
La diferencia
entre ambas decisiones puede parecer insignificante durante un año. Después de
veinte o treinta años puede representar una diferencia patrimonial enorme.
Porque la
construcción de riqueza no suele depender de una gran decisión extraordinaria.
Depende mucho más de una sucesión de decisiones ordinarias mantenidas durante
mucho tiempo.
Duesenberry
explicó por qué resulta tan difícil bajar de un nivel de consumo una vez
alcanzado. El ahorro y la inversión muestran el camino contrario. La riqueza
comienza cuando una parte del aumento de renta deja de convertirse en consumo y
empieza a convertirse en patrimonio. Y cuando ese patrimonio crece, aparece
algo todavía más valioso que el dinero, aparece la capacidad de elección.
Esa es,
probablemente, la verdadera esencia de la independencia financiera.

