La inflación no siempre se
manifiesta de forma evidente en el precio que aparece en la etiqueta. En muchas
ocasiones no hay subidas visibles, no hay cifras redondas al alza ni avisos
claros. Sin embargo, el impacto existe y es real. Simplemente adopta una forma
más discreta: envases más pequeños, menos cantidad de producto o formatos
aparentemente idénticos que esconden una reducción silenciosa del contenido.
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Este fenómeno, conocido como shrinkflation
o reduflación, se ha extendido con fuerza en los últimos años y afecta de
manera transversal a productos de alimentación, limpieza y cosmética. El
consumidor paga lo mismo, pero recibe menos. El resultado es una pérdida
gradual de poder adquisitivo que pasa desapercibida en el día a día, pero que
se acumula mes a mes.
Detectar este tipo de inflación encubierta se ha convertido en una habilidad básica para proteger la economía
doméstica. No se trata de desconfiar de todo, sino de observar con criterio y
comprar con información.
Qué es la
reduflación o shrinkflation
La reduflación consiste en reducir
la cantidad de producto manteniendo el mismo precio final. El envase cambia
ligeramente, el peso disminuye unos gramos o el volumen se ajusta, pero el
importe en la caja permanece intacto. Desde el punto de vista estadístico, el
precio no sube; desde el punto de vista real, el consumidor paga más por cada
unidad de producto.
Los ejemplos cotidianos abundan.
Paquetes de galletas que pasan de 500 a 450 gramos sin apenas variaciones en el
diseño. Yogures que reducen su contenido individual de 125 a 110 gramos.
Botellas que ya no alcanzan el litro completo. Bolsas de patatas fritas con más
aire que nunca y menos producto efectivo.
La clave de la reduflación es su
sutileza. No hay un impacto inmediato en la percepción del precio, lo que la
convierte en una herramienta eficaz para trasladar el aumento de costes sin
provocar rechazo frontal.
Por qué las
empresas lo aplican
Las empresas no aplican la
reduflación por capricho. En un entorno de aumento de costes —materias primas,
energía, transporte y salarios—, los márgenes se estrechan. Subir precios de
forma directa implica el riesgo claro de perder ventas, cuota de mercado o
posicionamiento frente a la competencia.
La reduflación permite evitar ese
impacto psicológico que provoca una subida visible del precio. El consumidor
tiende a fijarse en la cifra final y no tanto en el peso o el volumen exacto.
Mantener el precio “de siempre” ayuda a preservar la sensación de estabilidad, incluso
cuando el producto ya no es el mismo.
Desde el punto de vista del
marketing, es una estrategia defensiva. El envase se rediseña, se estiliza o se
hace “más cómodo”, justificando implícitamente el cambio. En muchos casos, la
reducción es progresiva, casi imperceptible, aplicada en varias fases.
No es una práctica ilegal si la
información es correcta y visible. El problema no está en la legalidad, sino en
el efecto acumulado sobre el bolsillo.
Cómo
detectarla en la compra diaria
La principal herramienta para
detectar la reduflación es el precio por kilo o por litro. Esa pequeña cifra
que suele aparecer en la estantería es mucho más reveladora que el precio total
del envase. Dos productos con el mismo precio pueden tener diferencias
significativas en coste real cuando se analizan en términos de cantidad.
Otra estrategia eficaz es comparar
formatos antiguos con nuevos. Cambios en el diseño del envase suelen ir
acompañados de ajustes en el contenido. Un bote “más compacto” o una caja “más
manejable” pueden esconder una reducción de gramos o mililitros.
También conviene prestar atención a
los tamaños estándar. Cuando un producto deja de tener una medida redonda —un
litro, un kilo o media docena— suele haber una razón detrás. La pérdida rara
vez es anecdótica cuando se proyecta en el conjunto de la cesta de la compra
mensual.
La observación sistemática, sin obsesión,
pero con constancia, marca la diferencia.
Estrategias
para el consumidor
Frente a la inflación oculta,
existen decisiones prácticas que ayudan a amortiguar su impacto.
Las marcas blancas suelen ofrecer
una mejor relación calidad-precio. Al centrarse menos en el marketing y más en
el producto, tienden a mantener formatos más estables y precios por unidad más
competitivos. No siempre son la mejor opción, pero sí una referencia útil para
comparar.
La compra a granel permite pagar
por lo que realmente se necesita y elimina buena parte de los costes asociados
al envase. Además, facilita una comparación directa del precio por kilo sin
artificios visuales.
La planificación también juega un
papel clave. Una lista cerrada de la compra reduce las decisiones impulsivas y
obliga a fijarse más en el contenido que en la apariencia. Comprar con criterio
suele ser incompatible con comprar con prisa.
Por último, la diversificación de
establecimientos —supermercados, mercados locales, cooperativas— ofrece una
visión más amplia de precios y formatos, evitando la dependencia de una única
referencia.
En definitiva, la inflación no
siempre hace ruido. En muchas ocasiones actúa en silencio, reduciendo poco a
poco la cantidad de producto que entra en casa por el mismo dinero. La
reduflación es una de las formas más eficaces de esa erosión invisible del
poder adquisitivo.
No hay soluciones mágicas ni
recetas universales. La defensa más eficaz sigue siendo la información, la
comparación y una actitud crítica ante lo que se compra. Consumidores atentos
fuerzan mercados más transparentes. Ignorar estos pequeños cambios tiene un
coste que solo se percibe cuando ya se ha acumulado.
En economía doméstica, como en inversión, los detalles importan. Y casi nunca son tan pequeños como parecen.
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