27 de enero de 2026

Cuatro quimeras económicas que conviene desmontar

La historia del pensamiento económico está llena de ideas útiles, pero también de atajos intelectuales que, con el tiempo, se han convertido en quimeras. Construcciones teóricas elegantes, coherentes sobre el papel, que ayudan a ordenar la realidad, pero que se desmoronan cuando se las somete al contraste con los hechos. En el ámbito de los mercados financieros y de la economía de libre mercado, cuatro de estas quimeras siguen muy presentes en el debate público y en buena parte del discurso divulgativo: la armonía automática de los mercados, su supuesta estabilidad intrínseca, la posibilidad de predecir beneficios de forma consistente y la figura del llamado Homo economicus. Conviene analizarlas con calma, sin caricaturas, pero también sin indulgencia.

La quimera de la armonía: cuando se confunde coordinación con bondad

Una de las ideas más persistentes es la de que los mercados, dejados a su libre funcionamiento, tienden de manera natural a generar buenos resultados para todos. Esta quimera parte de una confusión habitual entre dos conceptos distintos: coordinación y bienestar. Es cierto que los mercados son extraordinarios mecanismos de coordinación descentralizada, permitiendo permiten que millones de decisiones individuales se integren en precios, señales y flujos de recursos. Pero de ahí no se desprende que los resultados sean siempre deseables, ni mucho menos equitativos.

La historia económica ofrece innumerables ejemplos de mercados perfectamente funcionales que producen resultados socialmente discutibles: burbujas especulativas, asignaciones ineficientes de capital, ciclos de sobreendeudamiento o destrucción masiva de ahorro. El mercado coordina, pero no juzga; no distingue entre inversión productiva y especulación improductiva, entre valor real y expectativas desbordadas. Simplemente canaliza incentivos.

Creer que el mercado, por el mero hecho de ser mercado, es atribuirle una cualidad moral que no posee. El mercado no es justo ni injusto, ni bueno ni malo. Es un mecanismo; y como todo mecanismo, su resultado depende del contexto institucional, de los incentivos y del comportamiento humano que lo alimenta.

La quimera de la estabilidad: un sistema dinámico no es un sistema robusto

Muy relacionada con la anterior está la idea de que la economía de libre mercado es, por naturaleza, robusta y estable. Esta quimera suele apoyarse en la capacidad de adaptación del sistema, pensando que las crisis se corrigen, los desequilibrios se ajustan y el crecimiento acaba retomándose. Todo eso es cierto, pero incompleto. La capacidad de recuperación no equivale a estabilidad.

El capitalismo es un sistema dinámico, no un sistema estable. Vive de la innovación, del riesgo, del crédito y de la destrucción creativa. Esa misma energía que impulsa el progreso es la que genera fragilidad. Los periodos prolongados de bonanza suelen incubar los excesos que desencadenan las crisis posteriores. El apalancamiento aumenta, la percepción del riesgo se relaja y las valoraciones se separan de los fundamentales.

Las crisis no son anomalías externas al sistema, sino fenómenos endógenos. No aparecen pese al libre mercado, sino dentro de él. Pensar que el sistema es robusto por definición conduce a una peligrosa complacencia intelectual y política. La estabilidad no es un estado natural, sino una conquista frágil que requiere marcos institucionales sólidos, disciplina financiera y una comprensión realista del riesgo.

La quimera de la predictibilidad: el espejismo del control

Otra creencia profundamente arraigada es la de que los beneficios pueden preverse con suficiente análisis, modelos adecuados y datos históricos. Esta quimera alimenta una industria entera de predicciones, proyecciones y escenarios que, en la práctica, fallan de forma sistemática en los momentos clave.

Los mercados financieros no son sistemas cerrados ni repetibles. Están influidos por expectativas, emociones, cambios tecnológicos, decisiones políticas y eventos imprevisibles. La información relevante no solo es incompleta, sino que cambia constantemente. Además, el propio intento de predecir altera el comportamiento de los agentes, modificando el resultado esperado.

La rentabilidad futura no es una variable que pueda calcularse con precisión, sino una distribución de probabilidades sometida a incertidumbre radical. Confundir riesgo con incertidumbre es uno de los errores más frecuentes. El riesgo se puede medir; la incertidumbre, no. Y los mercados viven mucho más de la segunda que de la primera.

La obsesión por la predicción suele conducir a una falsa sensación de control y, paradójicamente, a una mayor exposición al error. La experiencia demuestra que la disciplina, la diversificación y el respeto al margen de seguridad son herramientas mucho más eficaces que cualquier modelo predictivo sofisticado.

La quimera del Homo economicus: cuando la teoría ignora a las personas reales

La última de estas quimeras es, quizá, la más profunda: la idea de que los individuos son plenamente racionales, maximizan su utilidad y toman decisiones basadas en información perfecta. Este Homo economicus ha sido útil como simplificación teórica, pero resulta profundamente engañoso cuando se confunde con el comportamiento real de las personas.

Los seres humanos no son máquinas de cálculo. Toman decisiones bajo presión emocional, con sesgos cognitivos, información incompleta y horizontes temporales mal definidos. El miedo, la avaricia, la imitación y el exceso de confianza influyen de manera decisiva en el comportamiento económico, especialmente en los mercados financieros.

La economía conductual lleva décadas demostrando que la racionalidad es limitada y contextual. Las decisiones no se toman en el vacío, sino dentro de marcos psicológicos y sociales concretos. Ignorar este hecho conduce a modelos elegantes pero inútiles, incapaces de explicar burbujas, pánicos, modas financieras o comportamientos gregarios.

Asumir que los individuos actúan racionalmente no es solo un error descriptivo, sino también normativo. Justifica la falta de educación financiera, minimiza los riesgos sistémicos y desplaza la responsabilidad hacia un ideal humano que no existe.

Un realismo necesario

Desmontar estas quimeras no implica rechazar el mercado ni la economía de libre empresa. Al contrario. Supone tomarlos en serio. Significa aceptar su complejidad, sus límites y sus contradicciones internas. La tradición liberal más sólida siempre ha sido consciente de estas imperfecciones y ha desconfiado de los dogmas excesivamente optimistas.

La divulgación financiera responsable no debería vender certezas donde solo hay probabilidades, ni armonía donde hay conflicto, ni estabilidad donde hay fragilidad. Entender cómo funcionan realmente los mercados es el primer paso para utilizarlos con prudencia y respeto. Todo lo demás es mitología económica con apariencia científica.

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