La quimera
de la armonía: cuando se confunde coordinación con bondad
Una de las
ideas más persistentes es la de que los mercados, dejados a su libre
funcionamiento, tienden de manera natural a generar buenos resultados para
todos. Esta quimera parte de una confusión habitual entre dos conceptos
distintos: coordinación y bienestar. Es cierto que los mercados son
extraordinarios mecanismos de coordinación descentralizada, permitiendo permiten
que millones de decisiones individuales se integren en precios, señales y
flujos de recursos. Pero de ahí no se desprende que los resultados sean siempre
deseables, ni mucho menos equitativos.
La historia
económica ofrece innumerables ejemplos de mercados perfectamente funcionales
que producen resultados socialmente discutibles: burbujas especulativas,
asignaciones ineficientes de capital, ciclos de sobreendeudamiento o
destrucción masiva de ahorro. El mercado coordina, pero no juzga; no distingue
entre inversión productiva y especulación improductiva, entre valor real y
expectativas desbordadas. Simplemente canaliza incentivos.
Creer que el
mercado, por el mero hecho de ser mercado, es atribuirle una cualidad moral que
no posee. El mercado no es justo ni injusto, ni bueno ni malo. Es un mecanismo;
y como todo mecanismo, su resultado depende del contexto institucional, de los
incentivos y del comportamiento humano que lo alimenta.
La quimera
de la estabilidad: un sistema dinámico no es un sistema robusto
Muy
relacionada con la anterior está la idea de que la economía de libre mercado
es, por naturaleza, robusta y estable. Esta quimera suele apoyarse en la
capacidad de adaptación del sistema, pensando que las crisis se corrigen, los
desequilibrios se ajustan y el crecimiento acaba retomándose. Todo eso es
cierto, pero incompleto. La capacidad de recuperación no equivale a
estabilidad.
El
capitalismo es un sistema dinámico, no un sistema estable. Vive de la
innovación, del riesgo, del crédito y de la destrucción creativa. Esa misma
energía que impulsa el progreso es la que genera fragilidad. Los periodos
prolongados de bonanza suelen incubar los excesos que desencadenan las crisis
posteriores. El apalancamiento aumenta, la percepción del riesgo se relaja y
las valoraciones se separan de los fundamentales.
Las crisis no
son anomalías externas al sistema, sino fenómenos endógenos. No aparecen pese
al libre mercado, sino dentro de él. Pensar que el sistema es robusto por
definición conduce a una peligrosa complacencia intelectual y política. La
estabilidad no es un estado natural, sino una conquista frágil que requiere
marcos institucionales sólidos, disciplina financiera y una comprensión
realista del riesgo.
La quimera
de la predictibilidad: el espejismo del control
Otra creencia
profundamente arraigada es la de que los beneficios pueden preverse con
suficiente análisis, modelos adecuados y datos históricos. Esta quimera
alimenta una industria entera de predicciones, proyecciones y escenarios que,
en la práctica, fallan de forma sistemática en los momentos clave.
Los mercados
financieros no son sistemas cerrados ni repetibles. Están influidos por
expectativas, emociones, cambios tecnológicos, decisiones políticas y eventos
imprevisibles. La información relevante no solo es incompleta, sino que cambia
constantemente. Además, el propio intento de predecir altera el comportamiento
de los agentes, modificando el resultado esperado.
La
rentabilidad futura no es una variable que pueda calcularse con precisión, sino
una distribución de probabilidades sometida a incertidumbre radical. Confundir
riesgo con incertidumbre es uno de los errores más frecuentes. El riesgo se
puede medir; la incertidumbre, no. Y los mercados viven mucho más de la segunda
que de la primera.
La obsesión
por la predicción suele conducir a una falsa sensación de control y,
paradójicamente, a una mayor exposición al error. La experiencia demuestra que
la disciplina, la diversificación y el respeto al margen de seguridad son
herramientas mucho más eficaces que cualquier modelo predictivo sofisticado.
La quimera
del Homo economicus: cuando la teoría ignora a las personas reales
La última de
estas quimeras es, quizá, la más profunda: la idea de que los individuos son
plenamente racionales, maximizan su utilidad y toman decisiones basadas en
información perfecta. Este Homo economicus ha sido útil como
simplificación teórica, pero resulta profundamente engañoso cuando se confunde
con el comportamiento real de las personas.
Los seres
humanos no son máquinas de cálculo. Toman decisiones bajo presión emocional,
con sesgos cognitivos, información incompleta y horizontes temporales mal
definidos. El miedo, la avaricia, la imitación y el exceso de confianza
influyen de manera decisiva en el comportamiento económico, especialmente en
los mercados financieros.
La economía conductual lleva décadas demostrando que la racionalidad es limitada y
contextual. Las decisiones no se toman en el vacío, sino dentro de marcos
psicológicos y sociales concretos. Ignorar este hecho conduce a modelos
elegantes pero inútiles, incapaces de explicar burbujas, pánicos, modas
financieras o comportamientos gregarios.
Asumir que
los individuos actúan racionalmente no es solo un error descriptivo, sino
también normativo. Justifica la falta de educación financiera, minimiza los
riesgos sistémicos y desplaza la responsabilidad hacia un ideal humano que no
existe.
Un
realismo necesario
Desmontar
estas quimeras no implica rechazar el mercado ni la economía de libre empresa.
Al contrario. Supone tomarlos en serio. Significa aceptar su complejidad, sus
límites y sus contradicciones internas. La tradición liberal más sólida siempre
ha sido consciente de estas imperfecciones y ha desconfiado de los dogmas
excesivamente optimistas.
La
divulgación financiera responsable no debería vender certezas donde solo hay
probabilidades, ni armonía donde hay conflicto, ni estabilidad donde hay
fragilidad. Entender cómo funcionan realmente los mercados es el primer paso
para utilizarlos con prudencia y respeto. Todo lo demás es mitología económica
con apariencia científica.

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