La industria financiera ha conseguido, durante las últimas décadas, convertir un producto relativamente sencillo, como es un fondo de inversión, en un universo aparentemente inabarcable para el pequeño ahorrador. Miles de fondos, cientos de categorías y estrategias imposibles de entender a simple vista; una avalancha constante de marketing financiero ha hecho que muchas personas acaben invirtiendo más por intuición o por recomendaciones comerciales que por criterios realmente racionales.
Y resulta
paradójico, porque precisamente el fondo de inversión se caracteriza por ser
probablemente el activo de inversión más versátil que existe. Permite acceder
prácticamente a cualquier mercado, sector, zona geográfica o estrategia
imaginable, ofreciendo además diversificación, gestión profesional y una
operativa relativamente sencilla para el inversor medio.
Sin embargo,
invertir en fondos de inversión no debería consistir en perseguir el producto
de moda ni en intentar adivinar qué mercado subirá más el próximo año, debería
consistir en construir una cartera coherente, eficiente y adaptada a cada
perfil.
