Hace más de dos mil años, Platón imaginó una escena que sigue resultando incómodamente actual. Unos hombres permanecen encadenados desde su nacimiento en el interior de una cueva y no pueden volver la cabeza ni mirar a su alrededor. Solo tienen ante sus ojos una pared sobre la que se proyectan sombras y, para ellos, esas figuras son la realidad porque no conocen otra cosa hasta que uno logra liberarse y sale de la cueva.
El liberado se
encuentra con algo que, al principio, le resulta insoportable: la luz le
deslumbra, sus ojos no están acostumbrados y necesita tiempo para distinguir
las cosas tal y como son. Poco a poco comprende que aquello que había observado
durante toda su vida no era la realidad, sino una representación incompleta de
ella. Después decide volver para contárselo a quienes siguen dentro, pero no
tiene una buena acogida. Sus antiguos compañeros no le creen e incluso perciben
su nueva visión como una amenaza.
La fuerza de
esta alegoría está en que habla de una inclinación muy humana. Se tiende a dar
por cierto aquello que se ve una y otra vez. Lo conocido tranquiliza y
cuestionarlo cuesta más, obligando, a veces, a admitir que durante mucho tiempo
se ha confundido una apariencia con la realidad.
La Bolsa
tampoco es ajena a esa cueva.
