La historia
del pensamiento económico está llena de ideas útiles, pero también de atajos
intelectuales que, con el tiempo, se han convertido en quimeras. Construcciones
teóricas elegantes, coherentes sobre el papel, que ayudan a ordenar la
realidad, pero que se desmoronan cuando se las somete al contraste con los
hechos. En el ámbito de los mercados financieros y de la economía de libre
mercado, cuatro de estas quimeras siguen muy presentes en el debate público y
en buena parte del discurso divulgativo: la armonía automática de los mercados,
su supuesta estabilidad intrínseca, la posibilidad de predecir beneficios de
forma consistente y la figura del llamado Homo economicus. Conviene
analizarlas con calma, sin caricaturas, pero también sin indulgencia.
La quimera
de la armonía: cuando se confunde coordinación con bondad
Una de las
ideas más persistentes es la de que los mercados, dejados a su libre
funcionamiento, tienden de manera natural a generar buenos resultados para
todos. Esta quimera parte de una confusión habitual entre dos conceptos
distintos: coordinación y bienestar. Es cierto que los mercados son
extraordinarios mecanismos de coordinación descentralizada, permitiendo permiten
que millones de decisiones individuales se integren en precios, señales y
flujos de recursos. Pero de ahí no se desprende que los resultados sean siempre
deseables, ni mucho menos equitativos.