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| Imagen sintética |
Una de las
frases más repetidas en cualquier conversación doméstica sobre economía es
clara y preocupante: “No sabemos en qué se nos va el dinero”. No se trata, en
la mayoría de los casos, de un gran dispendio puntual ni de decisiones
financieras temerarias. El problema suele ser más sutil.
El dinero no
desaparece de golpe, se diluye, fragmentándose en pequeñas cantidades, casi
imperceptibles, que operan en segundo plano. Estos gastos invisibles que minan el bolsillo, también denominados coloquialmente como "gastos hormiga", son gastos automáticos,
domiciliados, digitalizados o emocionalmente justificados. No duelen al
producirse. No exigen reflexión. Y precisamente por eso erosionan el
presupuesto con eficacia silenciosa.
Detectarlos y
corregirlos no exige heroicidades ni sacrificios extremos. Exige método. Y el
impacto acumulado de esos pequeños ajustes puede ser notable.
