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11 de febrero de 2025

El imparable crecimiento de la economía mundial

Foto by pixabay.com
Dejando a un lado a la nobleza, hasta el siglo XVIII, la mayoría de la población mundial vivió en la pobreza. Una buena prueba de ello es que, desde el año cero hasta 1800, el Producto Interior Bruto (PIB) solo se multiplicó por 6. Sin embargo, a partir de la Primera Revolución Industrial (que comenzó en el siglo XVIII con la energía de vapor y la mecanización de la producción) hasta nuestros días, el PIB por habitante se multiplicó por 8,5. El siglo XX ha sido la época más próspera de toda la historia gracias a los descubrimientos científicos que convirtieron la ciencia ficción de entonces en la ciencia real de hoy.

Nuestros antepasados más cercanos y nosotros mismos hemos notado cómo se ha ido transformando el mundo. No quiero ni imaginarme qué pensarían nuestros tatarabuelos si levantasen la cabeza y vieran que el PIB mundial se ha incrementado en un 5.000%, la renta por habitante un 800% y la población mundial ha experimentado un incremento de un 500%. Además, si todo eso fuera poco, la esperanza de vida se ha ido disparando hasta tal límite que, probablemente, los que hemos nacido en el siglo XX seamos las últimas generaciones que no lleguemos al siglo de vida. Es más, los científicos ya hablan de la muerte de la muerte: la muerte será opcional gracias a los avances exponenciales en inteligencia artificial, regeneración de tejidos, tratamientos con células madre, impresión de órganos, criopreservación, terapias genéticas o inmunológicas que resolverán (resuelven ya) el problema del envejecimiento del cuerpo humano. Un envejecimiento considerado ahora como una enfermedad que puede y debe ser curada. Si conseguimos entender bien lo que supone vivir 100 años, será un regalo, pero si lo ignoramos y no nos preparamos para ello, será una maldición. Aunque, como diría Freddy Mercury, “quién quiere vivir para siempre” (“Who wants to live forever”).

3 de mayo de 2022

¿Cotizarán los robots a la Seguridad Social?

Foto by pixabay.com
Tras una revolución mercantil los efectos económicos suelen ser positivos para el largo plazo, pero no para el corto. Por un lado, está la reducción de los costes y el aumento de la productividad. Por otro, una parte de los trabajadores son expulsados del mercado laboral como ha sido el caso del sector de la automoción y del sistema bancario.

Nuestro sistema de reparto, que no ha sido malo, siendo concebido para implantar una serie de políticas de protección de la clase obrera, con un claro enfoque asistencial y solidario, empieza a renquear: las cohortes activas cada vez son menos y las cohortes pasivas cada vez son más. Y, lo peor, es que esa divergencia cada vez será mayor debido a que la esperanza de vida sigue aumentando en similar proporción que disminuye el tiempo de cotización de la etapa en que se está en activo.

Una de las consecuencias que puede traer esta “nueva revolución industrial” será de un carácter meramente social, llegándonos a plantear la conveniencia o no de que las máquinas inteligentes, que son capaces de reducir la mano operativa del hombre, coticen a la Seguridad Social. El Parlamento Europeo, no ajeno a este problema, quiere ya ir sentando las bases sobre una legislación específica en materia de la inteligencia artificial y la robótica que afecten de una manera directa al mercado de trabajo y al sistema de la Seguridad Social. Todo ello es debido a que el desarrollo de la tecnología en el mundo de la robótica conlleva que esas máquinas inteligentes asuman en gran medida el trabajo que hasta hace poco era realizado por personas. Esa situación supone, entre otras cosas, un ahorro en lo que a cotizaciones se refiere.