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Crear una cartera de activos financieros con el fin de
rentabilizar los ahorros no es comparable con el hecho de ir a rellenar un
boleto de la primitiva en una administración de loterías, lleva consigo la
acción de seleccionar una serie de valores con unas expectativas de
crecimiento, basadas en el análisis fundamental o técnico, que permitan obtener
una rentabilidad positiva, descontando la inflación, asumiendo un determinado
riesgo que siempre deberá ser controlado a sabiendas de lo que uno puede
asumir. Además, habrá que disponer de un cierto capital del que se sepa el
plazo temporal que se puede prescindir de él, teniendo en cuenta la premisa,
sin condiciones, de que el dinero empleado en la cartea será aquél que se sepa
que no se va a necesitar en un futuro inmediato. Una cartera de inversión puede
estar formada por todo lo que tenga que ver con el patrimonio particular,
incluidos los ahorros personales.
La forma que se tiene de pensar cuando se compra un coche o
una vivienda, por ejemplo, debe de ser similar a cuando se adquieren activos financieros:
hay unas preferencias, por supuesto, pero también se hurga entre todas ellas
para saber cuál es la que mejor se adapta a nuestras necesidades y nuestras expectativas.
No es lo mismo hacer una cartera cuyo fin es intentar fortalecer la pensión de
la jubilación, que aquella cuyo capital se sabe que se va a destinar para la
compra de un augurado bien o servicio en un momento predeterminado. Por eso, es
muy importante el tipo de activos que se eligen, el lugar donde cotizan, en qué divisa se cambian o, si son acciones de una empresa cotizada, en qué sector y
actividad se desenvuelve. No es lo mismo depositar el dinero en un bono de un
país que roza la quiebra que un bono de un país solvente. No es lo mismo
invertir en acciones de una empresa con expectativas de crecimiento, como
pueden ser las que están inmersas en la economía disruptiva, que en otra que no
tiene futuro.
Invertir tampoco sale gratis, aunque algunos intermediarios
financieros así lo quieran intentar vender: nada en este mundo es gratis y las
finanzas no son una excepción. Las empresas de intermediación pueden cobrar por
la adquisición, por la venta, por el mantenimiento, por la custodia, por el
tipo de mercado al que se está accediendo, por la inmediatez de la ejecución de
las órdenes, por el asesoramiento financiero que imparten y hasta por la
participación en beneficios, pero nunca participarán de las pérdidas.
Otro gasto ineludible es la fiscalidad. La rentabilidad
final de la cartera será la que se obtenga de compensar las pérdidas con las
ganancias, descontando la liquidación de los impuestos por las plusvalías
obtenidas. Cada producto de inversión tiene una forma y un tiempo diferente de
liquidar los impuestos: aunque al final el resultado sea el mismo, no se
liquidan igual la venta de unas participaciones en un ETF (siglas de Exchange
Trade Fund, que se ha traducido al castellano como Fondo Cotizado) que las de
un fondo de inversión convencional, ni tampoco se liquidan igual las plusvalías
obtenidas por la venta de unas acciones que por la venta de unas obligaciones.
Un inversor tiene la obligación de conocer cómo funcionan los impuestos
fiscales en sus inversiones, de ese conocimiento también dependerá, en buena
medida, el resultado final de la inversión. El contribuyente nunca puede eludir
responsabilidades fiscales con la ignorancia.
La diversificación por sectores y geográficamente es un
punto a favor de la obtención de plusvalías. Si se invierte en activos fuera de
las fronteras naturales del inversor se tendrá en cuanta, además, el riesgo de
la divisa de origen y su factor de conversión; una plusvalía puede convertirse
en minusvalía por el simple hecho del cambio de una moneda a otra debido a las
fluctuaciones que experimenta la paridad.
Combinar la gestión activa con la pasiva es recomendable:
ambas combinaciones están dando muy buenos resultados, sobre todo en las
carteras de más largo plazo. La gestión activa es aquella con la que se
intenta, con la combinación de una serie de activos, batir a un determinado
índice o mercado. Por el contrario, la gestión pasiva busca tomar como
referencia un índice e imitar su comportamiento.
Una vez creada la cartera, el seguimiento es fundamental.
Hay momentos que es necesario rotar unos activos por otros debido al momento y
las circunstancias que durante todo el tiempo que dure la cartera tocará ir
viviendo. Unos activos que en un determinado instante eran viables para formar
parte de la cartera, puede llegar el momento que dejen de serlo porque han
finalizado su recorrido y deben ser sustituidos por otros. Por ejemplo: los
videoclubs tuvieron su momento de apogeo, pero ahora, no creo que nadie se
atreva a invertir en una empresa del sector.
Llegados a este punto, se da por supuesto que para autogestionar
una cartera de inversión es necesaria una sólida formación financiera. No son
necesarios estudios de posgrado, pero sí aprender lo máximo posible, aunque sea
de una forma autodidacta. Invertir requiere conocer muy bien las posibilidades
financieras personales y no dejar de lado la planificación continua y
sistemática. La necesidad de formación e información para aplicarla a la
inversión tiene un gran coste de oportunidad que muchas veces no es
proporcional a las rentabilidades obtenidas, ni a la esperanza matemática positiva
de los rendimientos, pero, como toda profesión, las rentabilidades y las
satisfacciones vienen por la vía del esfuerzo y la dedicación.
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