11 de abril de 2023

Diferencias de pensamiento entre las clases sociales

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Son varios los parámetros que determinan a qué clase social se pertenece, pero será el nivel de ingresos y el poder adquisitivo quien determine a qué clase social se pertenece. Desde un punto de vista simplista y basado en las características financieras se reconocen tres tipos de clases sociales:

Clase baja: se corresponde con las capas más desfavorecidas de la sociedad, siendo sus ingresos inferiores al 30% de la renta media. Las personas que integran esta clase social tienen serios problemas para acceder, por ejemplo, a una vivienda debido a su bajo poder adquisitivo.

Clase media: a su vez se subdivide en clase media/baja y clase media/alta. Es la más abundarte y se corresponde con aquella población que pueden acceder a bienes en propiedad con cierta solvencia. Poseen un poder adquisitivo tal que les permite vivir con cierta holgura dependiendo de la diversificación geográfica. El sueldo oscila entre el 30% por debajo de la renta media y hasta un 150% por encima.

Clase alta: también existen varias categorías, pero de inferioridad numérica con respecto a las otras clases. La componen personas con alto y muy alto poder adquisitivo, con una elevada capacidad de adquisición de bienes. Sus ingresos están por encima de un 150% de la renta media.

Ni qué decir tiene que nacer en la clase a la que pertenecen los progenitores va a condicionar el devenir de la vida futura, que vendrá fomentada por la forma de pensar y escuchando los consejos de la gente que está donde cada uno quiere llegar. De ahí la diferencia de pensamientos entre una clase y otra. Nadie es culpable de haber nacido en una clase social específica, que puede ser una desgracia, pero es cierto que los éxitos de la mayoría suelen ser bien merecidos tras años de esfuerzos y de tomas de decisiones correctas. No se pueden recoger los frutos de los árboles que no se han plantado. Pasar de una clase alta a una baja es relativamente sencillo, pero hacerlo de una baja a otra más alta requiere dedicación: se necesita estudiar mientras otros se divierten, trabajar mientras otros duermen, continuar mientras otros descansan para luego vivir lo que otros sueñan.

Los miembros de la clase alta, salvo que cometan errores muy graves, ellos y sus descendientes van a seguir perteneciendo a esa clase social. Para ellos, invertir adecuadamente no es primordial, pero sí es importante. Por el contrario, para el resto de las clases sí es una gran diferencia, aunque carezcan de recursos y posean menos facilidad para ahorrar y para invertir, pero es especialmente importante que se haga. Recordemos que la inversión parte del ahorro.

El deseo de todos los pertenecientes a las clases bajas y media/baja es ser millonarios y alcanzar la libertad financiera, pero muy pocos están dispuestos a dar los pasos necesarios para lograrlo, buscando montones de escusas para postergar las metas deseadas. La libertad financiera, que es la responsable de permitir estar en el lugar que se desee, no es la imagen ficticia que se vende en las redes sociales, éstas sólo muestran imágenes de una vida llena de apariencias. La riqueza no es más que el producto de los pensamientos, de las decisiones y de las acciones que se toman para llegar a la consecuencia del dinero. Si el objetivo personal es aparentar es muy fácil hacerlo, pero si lo que se quiere es ser financieramente libre hay que dejar de gastar el dinero en las apariencias y darle un objetivo diferente al peculio.

La riqueza como tal es producto del patrimonio, no de los ingresos. De los ingresos depende el consumo, nada más. Se pueden tener ingresos elevados, pero si el estilo de vida es costoso, no sirven de nada los altos ingresos para construir riqueza. El patrimonio refleja la diferencia ente los ingresos y los gastos, siendo el resultado de cómo se ha usado el excedente, cómo se ha invertido y qué parte está trabajando para su dueño. Las clases altas tienen patrimonio que trabaja para ellos, se revaloriza y genera rentas que les permite costear su ritmo de vida, quizás sin afectarle a sus fuentes de ingresos. De sabido lo tienen olvidado que su estilo de vida depende de sus rendimientos, no de su patrimonio. El símil que los identifica es un árbol: él representa las inversiones y los frutos los rendimientos.

Existen grandes diferencias de pensamiento de unas clases a otras, sobre todo de las clases altas a las más bajas. Los ricos no se enfrentan a las mismas decisiones ni a los mismos dilemas: su problema no es gastar el dinero en reparar el coche o quedarse sin vacaciones, su dilema pasa por decidir en qué destino emplea su escaso tiempo de vacaciones.

La cultura es un arma contra la ignorancia y, por ende, contra la pobreza.

El plan financiero que todos tenemos en mente requiere tomar un riesgo y los ricos se diferencian del resto en que suelen apostar más aún a sabiendas de que les salga mal. En el fondo, no se tiene la certeza de que a los ricos les fue bien acrecentando el riesgo porque los ha habido que también han afrontado escenarios similares y no les ha ido bien. A este hecho se le denomina sesgo del superviviente (tendencia a excluir de los estudios de rendimiento a las compañías fracasadas porque ya no existen, provocando que los estudios se desvíen porque sólo las compañías que tuvieron éxito suficiente para sobrevivir hasta el fin del periodo de actividad son incluidas).

Otra diferencia de pensamiento entre las clases es que la clase alta piensa en su patrimonio neto y lo que pretende es mejorarlo creyendo que son ellos los que están al cargo de su vida, es su responsabilidad no de lo que suceda en su entorno. La clase más baja piensan en que mejorando su salario resuelven sus problemas monetarios, cosa que sólo es cierta si sus ingresos aumentan más que los gastos, sin dejar de pensar en que son el producto de su entorno.

Uno de los pensamientos que más llaman la atención por la excentricidad es la forma que tiene de ver los ricos a las personas de éxito y la forma con que lo hacen los pobres. Mientras que los ricos los admiran e intentan seguirlos, los pobres son reticentes hacia sus logros y no muestran más que odio hacia ellos. Estas discrepancias de pensamiento tienen mucha culpa las políticas monetarias que los gobernantes están llevando a cabo: cuando se intenta hacer menos ricos a los ricos ocurre que los pobres se hacen más pobres; por el contrario, ese tipo de políticas deberían ir encaminadas hacia la conversión de que los pobres se hagan más ricos. Aquí el resultado es que las gentes de las clases bajas se alegran del primero y las clases más altas se alegran de lo segundo.

Los ricos invierten su dinero y gastan lo que les sobra. Los pobres gastan su dinero e invierten lo que les queda.

Hasta en la forma de afrontar las deudas hay diferencias de pensamiento. Los créditos no siempre van en contra de las aspiraciones económicas. Aunque en parte es cierto, si se logran administrar correctamente las deudas se pueden utilizar para favorecer el patrimonio y no al contrario. Muchas personas creen que para ser millonarios tienen que contraer deudas para mostrar a los demás que lo están consiguiendo. No es así. Sólo está justificado el apalancamiento cuando los rendimientos cubren los intereses que se abonan y queda un excedente. Cuando se comprende este funcionamiento, ya no se piensa en el futuro según el tamaño de la cartera, se piensa en explorar nuevas oportunidades de negocio cuya inversión y rentabilidad pueden ser más elevadas.

Los ahorradores demuestran que tienen la capacidad mental para pensar en el futuro, algo esencial para contribuir a la riqueza, pero esto ya es otra cosa. Aquí ya entra a jugar la educación financiera: no se puede conquistar el dinero sin antes dominar su funcionamiento.

Invertir en formación es una de las inversiones más rentables y las clases sociales más bajas descuidan este gran detalle. No se trata de querer algo, sino de trabajar y esforzarse para conseguirlo.

La moraleja de todo esto es que si se quiere salir de la clase social donde se vive hay que pensar como la gente que está en la clase social a la que se quiere acceder.

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