16 de abril de 2020

Horticultura Financiera



La horticultura es la disciplina que se ocupa de las técnicas y los conocimientos relativos al cultivo de las plantas de huerto destinadas al consumo. Por otro lado, las finanzas es una rama de la economía que se encarga del estudio de la obtención del capital para su posterior inversión con el fin de rentabilizar los ahorros. A simple vista, se puede decir que una disciplina y la otra se encuentran a años luz. Sin embargo, si se asocian, no parecen ya tan distantes pues las técnicas usadas para obtener buenos resultados tienen cierta similitud.

El horticultor doméstico se afana en la tarea de la preparación de sus huertos para cosechar las mejores hortalizas según la temporada para, en el momento de la recolección, llenarse con la satisfacción de degustar algo criado y cultivado por él mismo. De forma similar, el ahorrador o inversor doméstico se afana en la tarea de buscar el mejor producto financiero para rentabilizar sus ahorros, con el fin de satisfacer sus necesidades financieras en el futuro. La mayoría tienen sus ahorros invertidos en activos financieros de más o menos riesgo, según su intermediario le ha recomendado o según la intuición o forma de invertir de cada uno de ellos. Los beneficios que van a obtener de la huerta van a ser manjares, seguro. Los beneficios que obtendrán de sus inversiones serán los que tengan que ser acordes al acierto de su inversión y, lo principal, según el trabajo realizado para que esos ahorros les renten proporcionalmente al esfuerzo y al trabajo realizado con anterioridad.


Lo que quiero decir con todo esto es que los hortelanos, no tiran unas semillas en un terreno baldío para luego volver dentro de unos meses y ver cuál ha sido el resultado de esa simiente que sembraron. De la misma forma, el ahorrador tampoco debe de invertir en un determinado producto financiero y olvidarse de él, dejándolo abandonado a su suerte para dentro de unos años ver los beneficios que ha obtenido. Por eso, el trabajo del inversor doméstico no es muy diferente al del hortelano: la formación, la preparación, el trabajo, el cuidado, la ilusión, los desvelos y hasta una pizca de experimentación forman parte de los resultados a obtener en el futuro.

El ahorrador o inversor doméstico se afana en la tarea de buscar el mejor producto financiero para rentabilizar sus ahorros, con el fin de satisfacer sus necesidades financieras en el futuro

Todo comienza con el lugar donde depositar la simiente: para algunos cultivos es necesario primero disponer de unos semilleros, a modo de pequeños ahorros, para ir trasplantando según convenga. La elección del lugar es primordial: más húmedo, más soleado, menos pedregoso, fácil acceso, en fin, se buscará la idoneidad según el tipo de hortaliza a cultivar pues cada una tendrá unas características especiales. A modo de ejemplo, si lo que se quiere es invertir en Letras o Bonos del Estado es preferible hacerlo en las cuentas directas del Banco de España por ser menos gravosas; si lo que se quiere es invertir en acciones quizás sea preferible una Sociedad o Agencia de Valores que no nuestra propia sucursal bancaria. El riesgo de la entidad donde se depositen los ahorros es algo también a tener en cuenta. Por similitud, las orillas de los ríos, aunque muy fértiles, son susceptibles de inundación con la consiguiente pérdida del cultivo. Y todo ello aderezado con un terreno oxigenado y bien abonado para que a la cartera no le falte de nada.

Una vez realizado el trasplante no hay que olvidarse del cuidado: el riego en su punto; la eliminación de las malas hierbas (comisiones excesivas que no hacen más que mermar la rentabilidad futura); las plagas devorando lo que no es suyo; la supresión de los peores ejemplares para que su presencia no haga minimizar la rentabilidad final disminuyendo el espacio disponible, espacio necesario para que los ejemplares más sanos se fortalezcan y sirvan para regocijo propio a la hora de ponerlo en la mesa de degustación; en caso de que sea necesario, se acompañarán de soportes para que se eleven con más facilidad para así recoger los rayos solares con menor dificultad.

Los más osados, usarán semillas transgénicas, abonos y fertilizantes especiales con el único fin de que la cosecha esté en su punto antes de que llegue su momento natural de recolección. El efecto apalancamiento favorece en que se prueba la cosecha antes de tiempo y, en otros casos, se consiguen ejemplares mucho mayores con la peligrosidad de que de la misma forma que crecieron, pueden menguar por no haber elegido el fertilizante correcto para esa hortaliza y todo venirse abajo por la avaricia o, incluso, correr el peligro de que se conviertan en más perecederos por no haberse desarrollado con plenitud.

Y llega el momento tan esperado de la recolección, convirtiéndose en el colofón a todo nuestro trabajo no exento de fatigas y disgustos, pues el camino ha sido tortuoso y lleno de dificultades: vientos huracanados, tormentas de piedra típicas del verano, alguna que otra noche gélida helando los ejemplares más débiles y parte de los más robustos dejándolos heridos… A la hora de recolectar, se comenzará por los ejemplares que ya han llegado a su fin en la tierra para así, con la satisfacción de que nos estamos comiendo algo cultivado por nosotros mismos, pasar a formar parte de nuestra mesa sabiendo en todo momento cuál ha sido su proceso de crecimiento y maduración. Y si esto lo compartimos con los nuestros, como que sabe mejor.

El proceso de cultivo también ha servido para coger más experiencia y eliminar los errores que hayamos cometido para subsanarlos en las siguientes cosechas. El aprendizaje tiene que estar presente siempre pues nadie nace sabio y cada huerto es diferente por múltiples causas. Con esto quiero decir que, no siempre, lo que ha sido bueno para mí será bueno para el vecino pues puede concurrir que hasta la forma de uso sea diferente y lo que debería ser bueno se ha convertido en nefasto. En ocasiones queremos imitar y copiar las inversiones que hacen otros y al no haberlas elaborado nosotros mismos, no sabemos custodiarlas como lo hace el que inició esa andadura programada y estudiada para su cartera.

La labor del ahorrador e inversor doméstico no es muy diferente a lo que he contado. Físicamente, no se meten euros en la tierra para luego esperar a que broten racimos. En este caso, lo que sí quiero recalcar es que el dinero que se gana invirtiendo no es igual al que se gana de un salario. Aquí, excluyo al profesional que vive de las finanzas como también tengo que excluir al horticultor profesional que trabaja en el campo. Me refiero al inversor doméstico que dedica su tiempo libre a hacer crecer sus ahorros invirtiéndolos y recoger la cosecha como el que, para aprovechar su estancia en el mundo rural, cultiva sus propias lechugas y tomates.

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