2 de noviembre de 2020

El dinero también sirve para comprar tranquilidad

El pasado 31 de octubre, de una forma prácticamente desapercibida, se celebró el Día Mundial del Ahorro. Esta iniciativa, instituida por el Congreso Internacional del Ahorro en 1924, pretende movilizar a la ciudadanía hacia una mejor planificación de las finanzas personales y familiares intentando desarrollar una mayor consciencia de que el consumismo desmesurado no es compatible con el ahorro. En nuestro país, esta iniciativa no ha tenido demasiado eco, atribuyéndolo los expertos a que se celebra en las vísperas de un día festivo de gran arraigo popular como es el día de Todos los Santos y, de forma mediática, tampoco tiene demasiada importancia al diluirse entre la noticia del cambio horario y de cómo este hecho influye en el ahorro energético. El caso es que ese día, en Twitter, apenas si había alguna pequeña referencia con el hashtag #DíaMundialDelAhorro o #DíaDelAhorro.

La capacidad del ahorro es inversamente proporcional al gasto: a mayor gasto, menor ahorro. Una buena prueba de ello la tenemos con el aumento de la tasa de ahorro justo cuando la crisis nos azotó con más virulencia; según ha ido llegando la recuperación económica el ahorro de las familias se ha ido reduciendo en la misma proporción que ha ido aumentando el gasto. Ahora, en época de pandemia, con el confinamiento, la capacidad de ahorro no ha aumentado, lo que ha ocurrido es que ha disminuido la capacidad de consumo. Ese ahorro latente se convertirá en consumo en cuanto finalice el periodo de confinamiento, por eso no se puede considerar “ahorro para el futuro” como tal. Tanto es así, que la tasa actual del ahorro en España es cuatro puntos inferior a la media europea.


El ahorro es imprescindible para la libertad financiera. En el siglo pasado, nuestros padres, era cotidiana su apuesta por el ahorro para formar una base financiera para una necesidad futura; para nosotros, en el siglo XXI, es un auténtico reto ser capaces de apartar una parte de nuestros ingresos con el objetivo de guardarlo para ser utilizado en un futuro, sin necesidad de recurrir a la ingeniería financiera doméstica. En realidad, nuestro problema radica en un mal reparto del peculio ingresado: no se trata de gastar menos o ser menos consumista, se trata de adaptar el consumismo a nuestras posibilidades y a nuestras necesidades.

En la actualidad, un nuevo reto nos está poniendo a prueba para incentivar nuestro hábito del ahorro pensando en la jubilación. Por todas partes surgen voces alertándonos de que nuestro sistema actual de pensiones no será sostenible y que, además, la cuantía que nos corresponda no será suficiente para cubrir nuestras necesidades financieras en la tan preciada edad dorada. Curiosamente, el debate actual radica acerca de si las pensiones deben adaptarse a IPC o no, cuando el debate debería ser sobre la sostenibilidad del sistema debido al desafío del envejecimiento progresivo de la sociedad.

Por otro lado, la lógica nos dice que cuanto mayor sea el sueldo en la actualidad mayor deberá ser el ahorro acumulado, para que en la jubilación se pueda mantener un nivel de vida similar al que se posee cuando se está en activo. En el fondo, algo está cambiando, en el sentido de que alguna conciencia se está tomando, aunque los españoles sigamos a la cola en la cuantía destinada al ahorro privado para la pensión, sobre la necesidad del ahorro para cubrir los gastos asociados a la jubilación.

Ahora es posible que estemos inmersos en el engaño de que todo saldrá bien mientras estamos disfrutando del presente teniendo nuestro trabajo y nuestro ingreso de sueldo cada mes, pero el futuro no nos engañará. Recuerda que con el dinero también se puede comprar tranquilidad. Y la tranquilidad de tener un colchón económico fornido pasa por disminuir el gasto superfluo, no endeudarse para comprar cosas innecesarias y, cómo no, evitar que la inflación disminuya el poder adquisitivo del monto acumulado invirtiendo el ahorro en vez de tenerlo depositado en algo que no genere rentabilidad.

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