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La
desigualdad económica siempre ha sido un debate que no se ha bajado de la moda
por ser un tema que siempre se ha mantenido candente. Las precedentes décadas
consecutivas de crecimiento han generado mucha riqueza, pero con el agravio de
que los activos se han ido concentrando en la parte alta de la pirámide donde
predominan los hogares cuyos miembros son de edad avanzada, mientras que en la base
de la pirámide están las generaciones más jóvenes. Nos hemos acostumbrado a la
tendencia natural de que el patrimonio vaya aumentando con la edad, hasta
conseguir más poder adquisitivo que los progenitores. Sin embargo, la OCDE
advierte que el “ascensor de la riqueza” (sic) se está desacelerando para los
más jóvenes, lo que hace que pierdan poder adquisitivo. Es decir, la relación
entre acumulación de riqueza y envejecimiento está perdiendo la
proporcionalidad, poniendo en riesgo la riqueza futura de los jóvenes actuales.
Por desgracia, puede que no sea ni comparable con las generaciones que están
por llegar. Las dos vías principales para acumular riqueza han sido las rentas
del trabajo y las rentas del ahorro. Los salarios y la estabilidad laboral, que
con anterioridad fueron aumentando sin decadencia, se han visto interrumpidas
en los últimos lustros afectando a las generaciones más jóvenes, aumentando la
brecha de riqueza entre los hogares más mayores y los más noveles.
La encuesta
publicada por el Banco de España, en colaboración con el INE y la Agencia
Tributaria, sobre la situación financiera de las familias, pone en evidencia la
menor capacidad de los jóvenes para acumular riqueza, dejándolos semidesnudos
ante cualquier perturbación financiera que sufran.
La encuesta
viene a decir que, en términos generales, la riqueza de los españoles aumentó
en un 3,7%, pero que la riqueza entre los jóvenes menores de 35 años disminuyó
un 26% entre 2020 y 2022. Sin embargo, los mayores de 55 años acumulan más
riqueza que en 2020.
Quizás, el
impacto más claro ha sido el de la dificultad para el acceso a una vivienda
debido al aumento que refleja la edad de emancipación. Según el informe, en
2022, el 65,9% de los jóvenes entre 18 y 34 años aún reside en el hogar
familiar, 13 puntos más que en 2018.
Al descender
la riqueza entre los jóvenes, de la misma forma lo ha hecho el patrimonio
inmobiliario que desde el 2011 ha pasado del 69,3% al 31,8%. No hago ningún
descubrimiento al mencionar la problemática de la vivienda, ya sea en compra o
en alquiler. En el primer caso se necesita un ahorro de unos 50.000 euros y, en
el segundo, los precios son inasumibles.
Todos estos
polvos hacen que el comienzo de la vida adulta se convierta en un proceso más
que problemático al complicarse el momento de la independización. Los jóvenes
que logran independizarse lo hacen con un menor nivel de renta media que los
que lo hacían a comienzos del siglo, concretamente se cifra en unos 4.200 euros
menos anuales.
Tanto el
mercado laboral como el inmobiliario han contribuido a la pérdida de posición
económica lo que ha favorecido a que estas generaciones más modernas hayan
optado por formarse. Hoy contamos con una generación de jóvenes muy preparada, al
menos académicamente, ya que más de la mitad de la población entre 25 y 34 años
tiene formación universitaria y muchos de ellos cuentan con posgrados.
Por otro
lado, existe el riesgo que trae consigo las políticas monetarias expansivas:
contribuyen a la formación de burbujas de activos, ampliando la desigualdad de
la riqueza y ayudando a ampliar la brecha entre las generaciones más adultas
que poseen más activos, propiciando el “efecto Mateo” (dinero llama dinero).
El nivel de
riqueza de un grupo y otro depende de la capacidad inversora y de una adecuada
y sólida formación financiera, que es directamente proporcional al nivel de
enriquecimiento.
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