24 de enero de 2023

Invertir siguiendo el Ciclo Vital

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De la misma forma que los hábitos van cambiando según avanzan las diferentes etapas del ciclo vital, también se deberían de modificar las reglas de inversión y los activos según la generación a la que se va perteneciendo, por llevar implícitas variaciones en las posibilidades y las necesidades.

A la hora de invertir se suele tener en cuenta el horizonte temporal, el objetivo de rentabilidad, la aversión al riesgo y la edad del propio inversor. Es cierto que, en general, las inversiones no suelen depender de la etapa del ciclo vital donde se encuentre el inversor en un momento dado, pero sí van a depender de las necesidades particulares y del horizonte temporal y, para eso, la inversión puede estar marcada por determinadas singularidades en función de la edad del ahorrador-inversor.

Por tanto, no es ninguna idea descabellada adaptar cualquier inversión a cada momento preciso de la vida. No es lo mismo invertir con 25 años y sin cargas que hacerlo cuando ya se está entrado en años donde las cargas pueden limitar el efectivo de la inversión. Las expectativas, el riesgo y el tiempo del que se dispone para rentabilizar el ahorro varían de forma sustancial según se van cumpliendo años. De ahí que los asesores financieros tengan muy en cuenta, a la hora de aconsejar una inversión, la edad y el momento vital en el que se encuentra en inversor, debido, entre otras cosas, a que la aversión al riesgo es inversamente proporcional a la cantidad de años cumplidos, mientras que el conservadurismo es directamente proporcional.

Siendo el ahorro la parte de los ingresos que no se destina al consumo inmediato, sino que se guarda para utilizarlo en un futuro, se pueden presuponer dos escenarios posibles: uno, el más conservador, que es guardarlo sin hacer ningún tipo de uso hasta que no sea necesario y, otro, invertirlo con el fin de que aporte una ganancia en el futuro, ya sean activos financieros o físicos.

Una primera clasificación de las inversiones según el ciclo vital puede dar lugar a tres fases diferentes:

Fase de acumulación: es en la juventud cuando hay que acumular el mayor capital posible e intentar buscar la máxima rentabilidad.

Fase de consolidación: en esta etapa es cuando se afianza el capital acumulado y se comienza a reducir el riesgo.

Fase de reducción: en el momento próximo a la jubilación, se reduce al máximo el riesgo pasando a ser conservador. En esta fase también es cuando se comenzará a disponer del ahorro acumulado más las posibles ganancias obtenidas en las fases anteriores.

Según ha ido pasando el tiempo parece que al llegar la edad de la jubilación se es más joven que lo eran en ese momento nuestros antepasados. Con la inversión no ocurre lo mismo. La edad real de jubilación se ha desplazado algo más de un año, pero la esperanza de vida se ha prolongado mucho más. De todos es sabido que la pensión trae consigo una merma de la renta media en comparación con la etapa en que se estaba en activo. Bajo esta premisa es fácil pensar que con el único ingreso de la pensión estatal se va a necesitar liquidez según vaya aumentando la edad. En la edad dorada es cuando se va a disfrutar del ahorro que no se gastó en las fases de acumulación y consolidación.

Por todo lo anterior, es fácil deducir que es necesario optimizar la inversión según la edad que se vaya teniendo. Cuando se es joven, la capacidad de asumir riesgos debe de ser mayor. ¿Por qué? Porque las cargas son menores y porque queda mucho tiempo para recuperarse de los descalabros que puedan acontecer. Por tanto, la renta variable, por estar expuesta más al riesgo, debería estar presente en casi su totalidad cuando se es más joven, para irse reduciendo según se va avanzando en la edad y se acerca el momento de pasar a la jubilación.

Las inversiones deben adaptarse sin remedio a la edad. No tiene sentido mantener la misma estrategia a los 60 años que cuando se cumplieron los 25. Y una de las fórmulas más fáciles de ir variando el riesgo de la inversión según va aumentando la edad es aplicando la regla del 120. Esta regla lo que hace es dar las pautas, de una forma muy sencilla, de cómo invertir según la edad. El único cálculo que tiene es restar a 120 la edad del ahorrador-inversor y ese será el porcentaje que se debe destinar a la renta variable, yendo el resto a la renta fija. Aplicar esta simple regla lleva consigo revisar periódicamente los activos de los que está formada la cartera.

John Bogle, el padre de la inversión indexada, proponía otra regla similar. Él recomendaba invertir en renta fija el mismo porcentaje que la edad. Siendo así, esta regla tiene una visión más conservadora que la del 120.

La clave pasa por la correcta distribución del dinero y del riesgo que se asume, para después discernir entre los diferentes productos de inversión que existen en el Mercado, fijándose en el impacto fiscal, la diversificación y la liquidez.

Nadie es dueño de la sabiduría capaz de lograr grandes beneficios en el largo plazo con las inversiones que se lleven a cabo, pero es posible desarrollar una serie de estrategias que aumentarán las posibilidades de éxito. 

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