En el mundo
de las inversiones, la diversificación es un concepto tan antiguo como
vigente. Pocos principios se mencionan con tanta frecuencia y, sin embargo, se
aplican con tanta superficialidad. Diversificar no es un eslogan ni una receta
universal, simplemente es una filosofía de gestión que parte de una verdad
sencilla y contundente: el futuro es incierto, y nadie tiene la capacidad de
anticipar con exactitud qué ocurrirá en los mercados.
El
principio de la prudencia en los mercados
Toda
inversión nace de una hipótesis, una expectativa sobre el comportamiento
de un activo en el tiempo. Pero esa expectativa, por muy fundamentada que esté,
siempre está sujeta al error. Concentrar todo el capital en un solo valor o en
un único sector es asumir que esa predicción se cumplirá al cien por cien,
sin margen para lo imprevisto. Y lo imprevisto, en los mercados, no es una
excepción, sino la norma.
Por eso, una
cartera formada por un solo activo o excesivamente concentrada es, en esencia,
una apuesta más que una inversión. La prudencia dicta que, si el futuro no
puede conocerse con certeza, la mejor estrategia consiste en repartir el
riesgo para que los errores no destruyan lo que los aciertos han
construido.