Mi colaboración para LA OPINIÓN-EL CORREO DE ZAMORA con motivo de su 125 aniversario
El hoy es la prolongación del ayer y el mañana dependerá de todo lo anteriormente acontecido
Mi colaboración para LA OPINIÓN-EL CORREO DE ZAMORA con motivo de su 125 aniversario
El hoy es la prolongación del ayer y el mañana dependerá de todo lo anteriormente acontecido
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De lo que
estoy hablando es de que el endurecimiento de las políticas monetarias ya ha
dado comienzo por parte de los Bancos Centrales, teniendo un fuerte impacto
económico, tanto a nivel personal como empresarial. Ante esta situación, los
efectos no se han dejado esperar para hacer su presencia en el Mercado de Deuda
que llevaba más de una década distorsionado. El volumen de deuda con
rendimientos negativos ha descendido en un 80%, lo que está provocando un
impacto negativo en las carteras de Renta Fija y los ahorradores-inversores
están sufriendo en sus carnes uno de los peores años para este tipo de activos.
¿Por qué? Primero, porque las primas de riesgo de todos los títulos
corporativos están aumentando y, segundo, porque el aumento de rentabilidad en
los Bonos Estatales hace que caiga el precio de los activos en cartera (es una
paradoja, pero es así).
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Lo primero que hay que aclarar es que la Bolsa es un mercado
donde se ponen de acuerdo compradores y vendedores para hacer operaciones de
compraventa de acciones u otros activos financieros. Ese dinero no va destinado
a engrosar las cuentas de la compañía cotizada, si se habla de acciones, sino
que va a parar a otro inversor que está vendiendo los títulos de esa misma
compañía. El vendedor no es el perdedor de la operación de compraventa ni
tampoco el comprador es el ganador. En el momento de realizar la transacción,
comprador y vendedor se consideran satisfechos con la operación que acaban de
realizar pensando ambos que son los ganadores: el vendedor valora más el dinero
que las acciones y el comprador valora más las acciones que el dinero que ha
desembolsado por ellas. El vendedor vende porque tiene mejores opciones donde
invertir el dinero que reciba por la transacción o porque, según su criterio,
considera que las acciones ya han alcanzado su nivel preestablecido. El
comprador compra porque opina que necesita emplear su liquidez y considera que
el precio de la acción aún tiene un margen suficiente de subida y que puede
apropiarse de él.
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El
coeficiente empleado en economía para anular los efectos producidos por el IPC
se denomina deflactor. Para obtener el coeficiente deflactor se emplea el
Índice de Precios de Consumo usando la siguiente fórmula:
Coeficiente Deflactor =
IPC del año/IPC del año base
Siendo
el año base el valor del año
anterior.
Todo está calculado. Ante la ingente cantidad de dinero que vence en los Fondos Garantizados y en los Depósitos de los ahorradores, la ingeniería financiera sale al paso y crea los Fondos con Objetivo de Rentabilidad, también llamados en inglés “Buy and Hold” (comprar y mantener). Y ya está. Misión cumplida. Las entidades financieras dan el visto bueno al producto porque es muy rentable para ellas, lo anuncian a bombo y platillo y lo comercializan como "alternativa" a los productos de ahorro más conservadores que comenté al principio, a sabiendas que la clientela para este tipo de inversión no falta en ninguna sucursal bancaria.
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Nuestro sistema de reparto, que no ha sido malo, siendo concebido para implantar una serie de políticas de protección de la clase
obrera, con un claro enfoque asistencial y solidario, empieza a renquear: las
cohortes activas cada vez son menos y las cohortes pasivas cada vez son más. Y,
lo peor, es que esa divergencia cada vez será mayor debido a que la esperanza
de vida sigue aumentando en similar proporción que disminuye el tiempo de
cotización de la etapa en que se está en activo.
Una de las consecuencias que puede traer esta “nueva
revolución industrial” será de un carácter meramente social, llegándonos a
plantear la conveniencia o no de que las máquinas inteligentes, que son capaces
de reducir la mano operativa del hombre, coticen a la Seguridad Social. El
Parlamento Europeo, no ajeno a este problema, quiere ya ir sentando las bases
sobre una legislación específica en materia de la inteligencia artificial y la
robótica que afecten de una manera directa al mercado de trabajo y al sistema
de la Seguridad Social. Todo ello es debido a que el desarrollo de la
tecnología en el mundo de la robótica conlleva que esas máquinas inteligentes
asuman en gran medida el trabajo que hasta hace poco era realizado por
personas. Esa situación supone, entre otras cosas, un ahorro en lo que a
cotizaciones se refiere.
La economía
de mercado (libre competencia) está basada sobre el principio de la Ley de la Oferta
y la Demanda, por la cual, el precio de un bien o servicio se fija cuando se
alcanza el punto de equilibrio entre la cantidad de la oferta y la cantidad de
la demanda según la escuela neoclásica. Ese precio de equilibrio, dentro de un
mercado de competencia perfecta, será el punto donde se corte la curva de la
oferta y la de la demanda, igualándose, por tanto, la cantidad demandada a la
cantidad ofertada. La Ley de la Oferta y la Demanda está formada, a su vez, por
dos leyes individuales: La Ley de la Oferta (hace referencia a la cantidad que
se ofrece de un producto o servicio donde cuanto menor sea el precio menor será
la oferta) y la Ley de la Demanda (hace referencia a la cantidad que se demanda
de un producto o servicio donde a menor precio mayor será la demanda). La
conjunción de ambas leyes hace variar los precios de los bienes y servicios,
así como la competencia que, por su cuenta, hace que cuando se demande un
producto habrá alguien que lo produzca y lo oferte produciéndose una
interacción directa en el precio final del bien.
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La Ley
General Tributaria, en su artículo 2.2., letra c), define los impuestos como
"los tributos exigidos sin contraprestación cuyo hecho imponible está
constituido por negocios, actos o hechos que ponen de manifiesto la capacidad
económica del contribuyente".
La vivienda no puede ser una excepción. Es muy raro encontrar entre la ciudadanía algún
contribuyente que no tenga algo que ver con algunos de los impuestos que gravan
a los inmuebles. Tanto la compraventa, como el alquiler o como la simple
tenencia de una vivienda están afectados por alguno de los impuestos
existentes, que no son pocos.
Desafortunadamente,
es bastante frecuente no tener claro qué tributos hay que abonar en cada situación,
el gasto que suponen y cómo afecta su desembolso a la salud financiera familiar,
pues no dejan de ser un gasto a tener en cuenta.
El Impuesto
sobre el Patrimonio (IP), recayendo sobre las personas físicas, es un tributo
individual, directo y general que grava el valor neto de la propiedad o la
posesión de patrimonio y, además, es complementario del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF). El IP, aunque es un impuesto regulado y
establecido por el Estado, está transferido plenamente a las Comunidades
Autónomas. Nació con carácter transitorio y suprimiéndose en algún periodo,
actualmente se ha implantado con carácter permanente y con ocho tramos que
oscilan entre el 0,2% y el 2,5%, aunque su cuantía variará en función del
territorio donde se presente, es más, algunas autonomías superan la horquilla
mencionada. También, dependiendo de qué Comunidad Autónoma, existe un mínimo de
patrimonio exento.
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Adentrarse en
la aventura de pasar de ahorrador a inversor no es fácil en ningún caso, pero
mucho menos si hay que hacerlo por necesidad. Por eso, todos los expertos
recomiendan hacerlo con una cantidad inicial moderada para familiarizarse con
los vaivenes de los Mercados Financieros por el impacto que produce en el
patrimonio del inversor y, por supuesto, no caer en el pánico ante las
habituales correcciones ni en la euforia de los también habituales momentos de
subida.
“El ahorrador astuto” es un libro de lectura sencilla, accesible, práctico y didáctico pensado para que el ahorrador doméstico gestione su patrimonio, como un inversor avezado, con el fin de sacar partido a sus ahorros por pequeños que sean, “tratando de evitar los engaños a partir de unos mínimos conocimientos”. No nos olvidemos que la picaresca española, financieramente hablando, tiene mucho que ver con la escasa cultura financiera que existe. Bajo esa premisa, no queda ni un solo palo sin tocar: renta fija, renta variable, Bolsa, fondos de inversión, etc. A su vez, está sazonado con la constante manifestación de buscar la seguridad y evitar el engaño debido al desconocimiento de los diferentes productos financieros existentes en el Mercado.
El autor es periodista y escritor especializado en información económica y financiera. Ha dirigido el diario “La gaceta de los negocios” y el semanario “Inversión”. Fundador de “Bolsalia” y profesor de varios cursos y másteres. Colaborador en “Finanzas.com”, presidente del Consejo Editorial de “Inversión & Finanzas.com” y actualmente director de la revista “Asesores Financieros EFPA”. Tras su dilatada carrera paralela a los Mercados Financieros, al escribir el libro, ha aplicado criterios muy parecidos a cuando se quiere adquirir un bien material cualquiera: esgrime todo lo que se necesita saber para enfrentarse a los Mercados Financieros, así como a aquellos que comercializan los productos que allí se negocian. Constantemente se afana en “evitar engaños” como los acontecidos y que, de todos, por desgracia, son ya sabidos. Para ello, acerca al lector esos productos poco conocidos, animándolo a utilizarlos con la debida prudencia e información, pero sin miedo, porque después de la lectura, el cliente ahorrador, estará predispuesto a enfrentarse a los típicos “vendedores de humo” que traten de colocarle productos financieros con el único sentido de beneficiar al comercializador. La época actual tampoco lo pone demasiado fácil: es muy complicado mantener el poder adquisitivo del ahorro al lado del poder destructivo de la inflación y de los impuestos asumiendo un riesgo “controlado”.
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La historia
es cíclica y se repite cada cierto tiempo, pero en diferente estrato. Y esto no
es nuevo, ya en el Génesis 41 se narra cómo después de siete años de abundancia
vendrán otros siete de hambruna. Pero tampoco hay que remontarse a la
antigüedad para ver situaciones parecidas y que se repiten de nuevo ahora. Me
estoy refiriendo a los años 70 del siglo pasado, cuando la estanflación hizo
acto de presencia arrasando la economía y con ella los Mercados Financieros.
Sus inicios
se remontan a 1986 cuando Menachem Brenner y Dan Galai, profesores de economía e
investigadores de la volatilidad en los mercados, crearon el primer índice de volatilidad
al que llamaron Index Sigma (debido a que el símbolo sigma –σ- se refiere a la
volatilidad en las matemáticas del mundo financiero). Posteriormente, en 1992,
la Chicago Board of Options Exchange creó su propio índice basado en la
volatilidad disponible para el trading y para los analistas financieros.
Gracias al trabajo del profesor Whaley se creó en 1993 el índice de volatilidad
VIX. Desde entonces, otras Bolsas han creado también su propio índice de volatilidad
tal es el caso del VNX (Índice de Volatilidad del Nasdaq100), VXD (Índice de
Volatilidad del DowJones30), el VCAC (Índice de Volatilidad del CAC40), el
VDAX-NEW (Índice de Volatilidad del DAX30), el VSTOXX (Índice de Volatilidad
del Eurostoxx50) …
En el mundo de las inversiones, la diversificación es un concepto tan antiguo como vigente. Pocos principios se mencionan con tanta frecuencia y, sin embargo, se aplican con tanta superficialidad. Diversificar no es un eslogan ni una receta universal, simplemente es una filosofía de gestión que parte de una verdad sencilla y contundente: el futuro es incierto, y nadie tiene la capacidad de anticipar con exactitud qué ocurrirá en los mercados.
El
principio de la prudencia en los mercados
Toda
inversión nace de una hipótesis, una expectativa sobre el comportamiento
de un activo en el tiempo. Pero esa expectativa, por muy fundamentada que esté,
siempre está sujeta al error. Concentrar todo el capital en un solo valor o en
un único sector es asumir que esa predicción se cumplirá al cien por cien,
sin margen para lo imprevisto. Y lo imprevisto, en los mercados, no es una
excepción, sino la norma.
Por eso, una
cartera formada por un solo activo o excesivamente concentrada es, en esencia,
una apuesta más que una inversión. La prudencia dicta que, si el futuro no
puede conocerse con certeza, la mejor estrategia consiste en repartir el
riesgo para que los errores no destruyan lo que los aciertos han
construido.